Viernes, 23 Junio 2017 00:00

“Yo era el corazón de ese muchacho”

 
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Los médicos supieron desde un primer momento que no podrían hacer mucho Los médicos supieron desde un primer momento que no podrían hacer mucho Foto Germán Dam
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La periodista y escritora bolivarense Albor Rodríguez reconstruye en un texto del portal La vida de nos la lucha desesperante de los médicos para salvar la vida a Augusto Puga y de la resignación angustiante cuando supieron que ya nada podía hacerse. Esta es la historia de dos horas asfixiantes de aquel 24 de mayo en el hospital Ruiz y Páez.

A Augusto Puga lo sentenciaron cuando le dieron ese tiro en la cabeza. Sabíamos que su pronóstico estaba en contra. Lo ideal hubiese sido que, apenas llegar a la emergencia, le hiciéramos el tipeaje, tuviéramos las unidades de sangre que necesitábamos y lo subiéramos a tomografía para luego operarlo. Tener todo controlado en el hospital. Pero no fue así.

En el Decanato de la UDO habían durado casi una hora dándole los primeros auxilios y tratando de sacarlo de ahí. Los rescatistas eran otros estudiantes, otros muchachitos como él. En principio, les costó ir en su auxilio porque la Policía no dejaba de dispararles. Dentro del estacionamiento había tres hombres vestidos de negro que les disparaban. Sin embargo, lograron arrastrarlo y llevarlo adentro.

Lo subieron al auditorio, donde los jóvenes tuvieron que hacer barricadas detrás de las puertas porque creían que iban a llegar hasta ahí a atacarlos. Le colocaron solución fisiológica e intentaron detenerle el sangrado. Pero no podían hacer nada más. Ni estaban preparados ni tenían las condiciones para atender heridos de bala. Cómo iban a imaginarse que los acorralarían a tiros.

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El muchacho debió llegar al hospital Ruiz y Páez de Ciudad Bolívar cerca de las 5:00 de la tarde. Muchos nos acercamos. Médicos especialistas, estudiantes y residentes de posgrado. La mayoría no estábamos de guardia y fuimos a prestar apoyo. Éramos como 100 médicos. Y fuera de la emergencia había no menos de 500 personas. Los estudiantes gritaban y esperaban para saber de él.

A mí me contaron quienes lo recogieron en el Decanato que, donde cayó herido, en el portón de entrada, había masa encefálica en el piso. Pero hasta que uno no ve su corazón pararse por completo, nunca se resigna con ningún paciente.

A Augusto lo reanimamos seis veces. Alguien comentó que el daño era muy severo y que ni siquiera debíamos intentarlo. Pero nosotros estábamos llenos de euforia: era un muchacho de 23 años, un futuro médico. Se dijo que estudiaba enfermería, pero es porque él entró a la universidad por esa carrera, como lo hacen muchos, y luego se cambió a medicina. Era estudiante del tercer semestre. Un futuro colega.

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