Sábado, 12 Octubre 2013 22:30

Ramón Isidro Montes: una lumbre perenne

 
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La página cultural del Ciela. Centro de Investigaciones y Estudios en Literatura y Artes de la Universidad Nacional Experimental de Guayana. Año 1 – Nº 12 Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Diego Rojas Ajmad                         
@diegorojasajmad

Ramón Isidro Montes, el domingo 26 de mayo de 1889, escribió febrilmente en su diario: “Salí a caballo y después de haber visitado las tumbas de mis padres y de mis hijos, estuve en La Magdalena y di vuelta por San José: vine poco antes de las 9 y leí los periódicos. Hoy me he sentido muy desmayado”.

Sería la última nota que escribiría ya que, dos semanas después, a sus 62 años, murió en la misma tierra que lo vio nacer y a la cual había ofrendado su vida y trabajo como uno de los más notables intelectuales de la Guayana decimonónica. Abogado, senador, presidente de la Corte Suprema de Justicia, pedagogo, fundador del Colegio Nacional de Guayana, poeta, novelista, orador, precursor de los estudios universitarios guayaneses y autor de varios textos educativos, la vida de Ramón Isidro Montes permite vislumbrar una época de construcción de ciudadanía y de arraigo de lo público que afloró en la Ciudad Bolívar de la segunda mitad del siglo XIX.

A pesar de su destacada, productiva e intachable labor y trayectoria de vida, la figura de Ramón Isidro Montes a duras penas logra mantenerse aferrada a la memoria histórica gracias a que algunas instituciones educativas del país han decidido llevar su nombre. Ese pequeño homenaje ha logrado conservar la llama viva del insigne guayanés, del Andrés Bello de Ciudad Bolívar, aguardando aún por el pleno reconocimiento que reviva el interés por su obra y reanime el estudio sobre su colosal ideario.

En 1891, a dos años de la muerte de Ramón Isidro Montes, su hijo Félix Montes editó una selección de su trabajo literario, pedagógico y político en un libro que llevó por título Ensayos poéticos y literarios. En sus más de 560 páginas, los valores de honradez, justicia, trabajo, constancia, solidaridad y patriotismo se desprenden de las ideas de Ramón Isidro Montes, expresadas en un espléndido uso del lenguaje; no gratuitamente, Ramón Isidro Montes era considerado el mejor orador de su época. Sus ideas políticas, las cuales fomentaban el federalismo y la libertad, al igual que sus reflexiones educativas, que alentaban una instrucción conectada con la realidad sin descuidar la formación ética y ciudadana, hacen de Ramón Isidro Montes uno de los intelectuales de mayor solidez en la historia venezolana, a la par de Valentín Espinal, Cecilio Acosta y Fermín Toro, entre otros. Sin exagerar, su discurso del 27 de octubre de 1868, pronunciado en el Colegio del Estado Guayana, contiene la mejor evaluación de la educación venezolana del siglo XIX que se haya escrito en su momento y propone además una innovadora reforma a la instrucción pública, descentralizada, contextualizada y con miras al progreso material y espiritual de la nación:

“Es necesario instruir y educar desde su más tierna edad a los futuros ciudadanos, a fin de que conozcan sus deberes, comprendan sus derechos y sepan hacer uso de su actividad física, moral e intelectual, en provecho propio, en bien de sus semejantes, en honra y progreso de su país. La primera condición para el recto ejercicio de la soberanía en el ciudadano, es la inteligencia, la conciencia de los deberes y de los derechos en el individuo. Es preciso primero saber ser hombres para saber después ser ciudadanos. No puede aspirar justamente al mando y dirección de la sociedad, al gobierno de los demás, quien no sabe gobernarse a sí mismo”.

Ramón Isidro Montes llevó registro de los últimos 23 años de su vida en un diario, en el cual, día tras día, anotaba las impresiones cotidianas y variadas reflexiones sobre el acontecer político, cultural, económico y social de la Venezuela de la segunda mitad del ochocientos. Este diario, conformado por 45 cuadernos que inician el 2 de febrero de 1866 y finalizan el 26 de mayo de 1889, 14 días antes de su muerte, contiene varios datos que pueden darnos una imagen sobre su mentalidad y sobre la vida cotidiana de la Ciudad Bolívar de aquel entonces.

No creo que haya mejor homenaje y recuerdo a su memoria que emprender la labor de edición de sus diarios, para que las palabras, las ideas y la visión de mundo de este guayanés que tanto hizo por el estado Bolívar siga perdurando en la memoria de sus coterráneos, cual lumbre perenne.

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