Lunes, 30 Julio 2018 00:00

Boa Vista, el refugio de los venezolanos

 
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Boa Vista, el refugio de los venezolanos FOTO CORTESÍA CRÓNICA UNO

La ciudad del norte brasilero ha visto modificadas varias de sus rutinas por las llegadas de los venezolanos que buscan, con desespero, trabajo y, principalmente, comida y medicinas.

Julio Pereira, profesor jubilado de inglés, llegó en febrero de este año a Boa Vista, capital del fronterizo estado de Roraima, en Brasil.

Salió de su apartamento, ubicado en la parroquia El Paraíso, Caracas, con la esperanza de una vida mejor. En ese entonces ya le era difícil comprar un kilo de carne en 70.000 bolívares.

Llegó a la ciudad, cuyo nombre en español significa Buena Vista, con unas cuantas camisas y algunos pantalones en la maleta. Nada más.

“Me quiero regresar, no quiero estar más en el refugio. Cuéntame cómo está mi país”, preguntaba, con cierta desesperación, al equipo periodístico de Crónica

Uno.

-¿Usted quiere la verdad? Bueno, el kilo de carne ya pasa los 5.000.000 de bolívares.

De sus ojos saltaron lágrimas. Asimilado el golpe, con mucha angustia, respondió: “Entonces me quedo en Boa Vista. No quiero irme a pasar más hambre”.

Pereira está en el refugio llamado Santa Teresa, que habilitó el gobierno de Brasil en la ciudad de Boa Vista. Duerme en una carpa y comparte sus horas con más de 500 hombres.

Durante el día recorre las calles cercanas en busca de una “diária”, como le dicen en el vecino país al trabajo a destajo que se realiza en una sola jornada.

El albergue donde vive se encuentra en la avenida San Sebastián, que ya parece un barrio caraqueño, pues quienes ocupan las esquinas, las aceras, quienes manejan bicicletas, los buhoneros y los pedigüeños son, en su mayoría, venezolanos.

Ciertamente, como Pereira hay miles de compatriotas. Las estadísticas dicen que 40.000, cifra que representa 10% de la población de Boa Vista, el municipio más poblado del estado de Roraima.

Perdió la tranquilidad

Esta ciudad destaca por su orden y limpieza. Llegar allá y ver un ambiente quieto, tranquilo, sin corneteo, quiebra con el imaginario que se tiene del gigante del sur, cuna del Carnaval.

Sus avenidas son amplias y, para los locales, es un orgullo que el trazado urbano -organizado en forma de óvalo que se expande- tenga semejanzas a las calles de París.

Su gente viste de manera sencilla, con ropa desahogada y un tanto playera. Es calmada. De hecho, al venezolano lo reconocen no solo por el idioma, sino también porque lleva zapatos cerrados, pantalones y, en ocasiones, camisas, y porque hace bulla y es inquieto.

En ese poblado se vive de la actividad comercial y de la administración pública.

Los pobladores se quejan del desempleo y, por lo tanto, son celosos de sus puestos de trabajo. Según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, en 2017 había en ese país 13,5 millones de desempleados y la tendencia era a que esa cifra se incrementara.

Por eso los brasileños sintieron un desajuste con la llegada de tantos inmigrantes, pues las ofertas de empleo son muy pocas. Y aunque la primera opción la tienen los locales, el venezolano se ofrece como mano de obra barata, por lo que se está creando xenofobia de parte de los nativos.

Rechazo que, dicen los venezolanos, también ha manifestado la alcaldesa Teresa Surita.

“Tenemos un problema muy grave que solo empeorará, las calles de la ciudad, que solían ser tranquilas, ahora están cada vez más llenas de venezolanos pobres”, llegó a comentar la funcionara en diciembre de 2017.

Y, más recientemente, advirtió que no hay recursos suficientes en la administración municipal para atender a un número tan alto de inmigrantes, sobre todo en lo relacionado con salud y educación, por lo que se espera que el gobierno de Michel Temer agilice el proceso de traslado de los venezolanos a otras ciudades del país.

Buhonería y aumento de delitos

Hasta la Praça das Águas, en pleno centro de Boa Vista, se vio impactada con el exceso de visitantes.

“Aquí no había vendedores de algodón de azúcar ni pintacaritas. Todo ese boom se inició con la llegada de los compatriotas”, dijo Laura Cárdenas, merideña, que ya tiene dos años y medio en la ciudad.

Esa plaza se llena de connacionales después de las 7:00 p. m. Todos van buscando la señal de Wi-Fi gratuita para poder comunicarse con sus familiares en Ciudad Bolívar, San Félix, Puerto Ordaz, Tumeremo y Maturín, lugares de origen de la mayoría de los refugiados.

Los datos

Un estudio reciente de la Alcaldía de Boa Vista arrojó que la mayoría de los venezolanos en la capital de Roraima (74%) tiene entre 15 y 60 años de edad. Del total, 65% son solteros, 60% son mujeres y 22 % niños de hasta 11 años de edad. 82% de los jefes de familia pretenden traer a sus familiares en Venezuela, aunque 65% se encuentran desempleados en Boa Vista, según el mapeo de la alcaldía.

Los barrios Caimbé, las avenidas João Alencar, São Sebastião y Das Guianas, el sector Pintolandia y la comunidad Senador Hélio Campos, tienen presencia de venezolanos y ya la gente habla de aumento de la inseguridad.

Un vocero -pidió que no lo identificaran- de la Agencia de la ONU para los Refugiados, Acnur, dijo a Crónica. Uno que los delitos en Boa Vista no aumentaron con la migración venezolana y acotó, además, que “toda Brasil es insegura”.

No obstante, en la calle hay una sensación general del incremento de la ilegalidad.

“Al principio me daba mucha cosa y me metía a defenderlos, luego vi que no agarraban escarmiento y ya no meto la mano por ellos”, comentó Ana Aguilera, una joven de Maturín, de 24 años, que tuvo la fortuna de colocarse como vigilante en el terminal terrestre Rodoviaria.

Ella ha visto venezolanos cometiendo arrebatones  y consumiendo drogas en los baños.

También Yarinson Torres, quien tiene cinco meses en Boa Vista, ha sido testigo de robos. “Y por eso nos llaman ‘pilantra’, como dicen malandro en  portugués”.

No se puede tapar el sol con un dedo

La calles de Boa Vista, cuando cae la tarde, se ven despejadas. Son menos los carros que atraviesan las amplias avenidas.

Y en los alrededores del muelle del río Branco, en cuya entrada está el Monumento aos Pioneiros, cerca del casco colonial, son muy pocos los que hacen vida. En ese punto de la ciudad sí se ven más brasileños que venezolanos.

Al igual que por los lados del Centro Cívico, muy cerca de los edificios de los Poderes Públicos. A pesar de ser 30 de mayo, una noche antes del día feriado de Corpus Christi, a casi nadie se ve paseando por las bien conservadas caminerías.

En los dos últimos años los venezolanos han “invadido” esta ciudad huyendo de la crisis económica y de la política de control y represión que tiene el gobierno de Nicolás Maduro.

Se han ido hacia esas tierras buenos y malos. Sin saber qué les esperaba, sin dominar el idioma, sin tener cupos en los colegios para sus hijos, solo buscando comida.

Ahora, hay otros que van y vienen. Los que van a comprar alimentos y a buscar medicinas; venezolanos que, se quiera o no, ayudan con su dinero al comercio en la frontera brasilera. De São Paulo a este municipio son más de 4.700 kilómetros de distancia, dos días 17 horas de viaje por carretera. Más rápido están llegando los venezolanos que los mismos brasileños. (Publicado originalmente en Crónica Uno)

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