Carlos Yusti pertenece a esa extraña raza de escritores deslenguados. Pintor, articulista, promotor cultural, lector voraz y autor de varios libros de ensayo.

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Confieso que me atraen fervorosamente las obras de los escritores deslenguados. Poder decir sin el control permanente del recato, y aún así mantener la atractiva belleza cadenciosa de la palabra, es un arte que a no todos les resulta con éxito. Por ello, los escritores de lengua lampiña se me antojan unos excelsos malabaristas que saben caminar con prestancia sobre la cuerda floja del lenguaje.

La grosería, la mala palabra, la voz disonante, el hablar sin pelos en la lengua, siempre han pertenecido a los bajos mundos de la trasgresión, de la locura, del maleficio, de la catarsis y del pecado capital. Ese carácter subterráneo de la mala palabra, asediada por la Iglesia y la escuela, le ha hecho buscar refugio en bares, burdeles, mercados y plazas públicas, convertida en lengua secreta de la intimidad, del desdén y de la afrenta. Las paredes de los baños públicos son en este sentido un provocativo cuaderno en blanco abierto a las necesidades expresivas de los deslenguados. Recuerdo una anécdota contada por García Márquez en su novela El otoño del patriarca. En ella, y si la memoria no me falla, el protagonista, un típico dictador latinoamericano, de esos que desean mantenerse en el poder hasta el cansancio de sí mismos, tenía por costumbre visitar los baños públicos para leer en las paredes la opinión que tenía el pueblo acerca de la efectividad de su mandato. Solo allí, entre números de teléfono y confesiones al voleo, podría encontrar verdades. Así, la mala palabra es también instrumento contra el poder, puñetazo verbal que persigue el rostro del decoro, del disimulo, de la vida monótona y sin sentido.

Aunque pueda resultar paradójico, la grosería y la fealdad también han encontrado lugar en la literatura. Con la Edad Moderna, cuando se quebró el pacto entre la belleza y el arte, lo grotesco pudo exhibir a sus anchas las irregularidades e imperfecciones como elementos dignos de atención y elogio. Don Quijote, Gargantúa, Pantagruel, Quasimodo, Frankenstein, Drácula, desprovistos de las cualidades de la razón, la moral, el orden y la estética, ocuparon el puesto de los apolíneos y bienhablados héroes épicos para ser ahora indecorosos representantes de la otredad. Basta nomás hojear algunas páginas de Charles Bukowski, de Kurt Vonnegut, de Henry Miller, de Hunter S. Thompson, de Fernando Vallejo, entre muchos otros, para comprender el estremecimiento poético y el llamado de atención a la conciencia que también pueden ocasionar la impertinencia y la mala palabra.

En la literatura venezolana el desparpajo ha tenido presencia en deslenguados como José Ignacio Cabrujas, Argenis Rodríguez, Pedro María Patrizi, Rodolfo Santana, Denzil Romero, Salvador Garmendia, Francisco Arévalo, entre otros, para quienes el verbo descarnado ha sido un instrumento que ayuda a acercar a los lectores y a la vida.

Carlos Yusti pertenece a esa extraña raza de escritores deslenguados. Pintor, articulista, promotor cultural, lector voraz y autor de varios libros de ensayo como Pocaterra y su mundo (1991), Vírgenes necias (1994), Cuaderno de argonauta (1996, Premio de Ensayo Casa de la Cultura Miguel Ramón Utrera), De ciertos peces voladores (1997), Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión (2006, Premio de Crónica IV Bienal de Literatura Antonio Arráiz), Dentro de la metáfora: absurdos y paradojas del universo literario (2007), Para evocar el olvido y otros ensayos inoportunos (2007) y Poéticas del ojo. Una mirada impertinente acerca de las artes visuales (1999-2008) (2011), Yusti, para usar el oxidado lugar común, ha sabido poner el dedo en la llaga de la escritura y en sus fatuos mundillos de elogio mutuo, brindis y apariencia.

No existe disimulo ni pose en la obra de Yusti. Es un escritor enduendado por la magia de la literatura a quien solo le preocupa el sincero y constante trabajo de hojalatería sobre el lenguaje, convirtiéndose así en un escritor del margen, un escritor que va, como dice él mismo, a sus propios aires:

“Para que te consideren escritor no basta con que escribas, sino que tienes que convertirte en un quinta columna; debes ser inodoro e incoloro; ignoto como un corredor de bolsa y con una prosa municipal. Para que la rosca literaria capitalina te otorgue su visto bueno tienes que escribir unos textos zurcidos con literatura comparada donde hables de Borges y su ceguera como anatema político-existencial y otras cuestiones en ese tenor. Tienes que escribir con mucha cretona de escuela de letras y además no puedes cometer faltas ortográficas ni errores políticos. Tienes prohibido escribir el país con tinta mal ortografiada. Mucho menos puedes expresar que Andrés Eloy Blanco es una carraca cursilona ni que Uslar Pietri es la literaria con un excedente de almidón enciclopédico. Debido a esto uno se va por el margen, va a sus aires tratando solo de escribir a secas”.

La grosería es una verdad sin adornos ni maquillajes que nos recuerda el existencial dilema ético entre el mal decir o el decir las cosas a medias. Las malas palabras, aunque sean altisonantes, serán siempre la válvula de escape de lo que hay que vociferar con urgencia. Malas palabras, en definitiva, son las que no conducen a la verdad. Y eso, desde siempre, lo han sabido nuestros escritores deslenguados.

Otras páginas

- Los más poderosos recursos. Heinrich Schliemann (1822-1890) recordaba siempre las lecturas de los poemas homéricos que de niño oía de la boca de su padre. De familia humilde, tuvo que abandonar el colegio y trabajar en diversos oficios para llevar el pan a la mesa. Llegó a aprender quince idiomas y, a los treinta años, se convirtió en millonario luego de duras y extenuantes faenas en diversas casas comerciales. Antes de hacer su fortuna tuvo intención de irse a Venezuela pero el barco naufragó en las costas de Holanda. Logró sobrevivir y la nueva oportunidad que le ofrecía el destino quizás fue un empujón para acelerar la búsqueda de sus sueños. Su anhelo de la infancia era ver Troya, aquella fascinante ciudad que representó Homero en la Ilíada y que Schliemann creía que de verdad había existido. Ya millonario, y a sus 48 años, decidió emprender viaje para demostrarle al mundo que la literatura puede ser también un documento de la realidad. En 1873 descubrió el tesoro de Príamo, rey de Troya, y con ello nos hizo ver que la imaginación, el tesón y los sueños de infancia son los más poderosos de todos los recursos.

- El libro de la semana. En 1940 Mariano Picón Salas publicó su Antología de costumbristas venezolanos del siglo XIX. Este libro, un clásico de los estudios literarios, y del costumbrismo en particular, rescató un conjunto de textos y autores que pasó a convertirse desde ese momento en la referencia del género. Desde entonces, estudiar el costumbrismo implicaba ineludiblemente revisar la antología de Picón Salas, quedándonos solo con esa muestra seleccionada e ignorando, además, que en la prensa venezolana del siglo XIX aún reposaba -olvidada y desmayada, como la flor de “Sonatina” de Rubén Darío- otro amplio repertorio de textos y autores costumbristas. Para ampliar el corpus del costumbrismo, los investigadores Álvaro Contreras y Carlos Sandoval, luego de más de una década de trabajo, han logrado rescatar gran parte de estos textos. Tan vasto fue el resultado que solo han podido publicar una pequeña muestra de esa investigación en Costumbrismo venezolano (Antología personal), editado por Fundavag en el 2018. Este es un libro fundamental que viene a modificar las dimensiones del archivo cultural venezolano y nos muestra las otras caras ocultas de nuestro costumbrismo.

- El mejor amigo. “Después del perro, el libro es el mejor amigo del hombre”. Groucho Marx.

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