Sábado, 30 Agosto 2014 00:00

“Quiero preguntarle al asesino de mi hijo qué se siente matar a un inocente”

 
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Frank Beckles imaginaba otra vida, menos la que padece desde el 19 de julio: durante la madrugada de ese sábado, en el Centro Comercial Trébol I, a su hijo le dispararon varias veces. Murió una hora después luego de recorrer dos hospitales en donde no se le atendió por falta de insumos.

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Apenas pudo decirle unas palabras antes de irse. Eran las 5:00 de la mañana del 11 de junio y tenía que tomar un avión para Caracas, pero entró en el cuarto donde dormía su hijo y le recordó que estuviera pendiente de todo. “Dios te bendiga”, fue lo último. Luego lo miró, apagó la luz y salió del cuarto. El muchacho quedó con los ojos cerrados y acostado en la cama.

La próxima vez que lo vio, en la mañana del sábado 19 de julio, su hijo también estaba acostado. Ahora, con los ojos abiertos. Y esta vez, en la bandeja de una morgue.

Así empezó para Frank Beckles la vida que aprende a llevar. Que trata de asimilar. Y de entender: la del padre que hasta el último día cargará con el desgarro visceral por la muerte de su hijo. El único, por cierto: Robert Beckles.

No como quizás, alguna remota vez, pudo imaginar: por alguna enfermedad o, si acaso, por un accidente de tránsito. Porque esta parte no estaba en la hoja de ruta que había trazado como el bosquejo de su vida, esquema cuyo colofón, sin otra alternativa, era que su hijo lo enterrara a él.

Pero resultó que la realidad venezolana le desmigajó cualquier idea y lo puso, de porrazo, como protagonista del guión que en este país se repite millones de veces con distintos actores y la misma crudeza: el de los padres que pierden a sus hijos a balazos. Fue así como murió, en la madrugada de ese 19 de julio, Robert Manuel Beckles Morán.

Cuando las cosas ocurren
En la casa de su mamá, en uno de los Campos de Ferrominera, habla Frank Beckles. Allí se crió hasta que hace más de 20 años se mudó para Caracas. Fue en esa casa de Puerto Ordaz donde su hijo pasó sus últimos meses.

Robert Beckles, de 22 años, había congelado sus estudios en el alma máter de la Guardia Nacional Bolivariana (Escuela de Formación de Oficiales de las Fuerzas Armadas de Cooperación, Efofac, hasta hace algunos años) y se radicó en Puerto Ordaz para supervisar la finca de la familia, ubicada en la vía a Caruachi.

“Él se venía todas las vacaciones y los fines de año. Incluso, cuando se vino de la Academia Militar, me dijo que no quería nada con Caracas porque esta ciudad era más segura. No pensaba que le iba a venir una muerte de este tipo”, dice Frank.

Recuerda a Robert Manuel como “demasiado alegre. En la vía a Caruachi la gente lo apreciaba. A veces llegaba cargado de plátanos y los regalaba”. Ansiaba verlo, como todo padre, “siendo alguien en la vida”.

“Siempre le decíamos que no anduviese por ahí después de las 6:00 o las 7:00 de la noche. La violencia está desatada. Ahorita hay una violencia desbordada. Al Gobierno se le fue esto de las manos. Ellos le dieron las armas a la delincuencia y ahora no hallan cómo controlarlas: las bandas los controlan a ellos, al propio Gobierno”, expresa como antesala a su narración de la madrugada del asesinato.

La primera versión apuntó a que luego de la 1:00 de la mañana del 19 de julio, Robert transitaba por el Centro Comercial Trébol I con una joven que fue señalada como su novia, cuando chocó a un motorizado. A pesar de que pidió disculpas y prometió hacerse cargo de los daños, éste le disparó.

Su padre sostiene otra historia: “Una de las cosas que he investigado es que estaban iniciando a un malandro que estaba en una de las parrandas que se arman allí. Robert y la muchacha dieron una vuelta por ahí. Como ella comenzó a insultarlos, uno del grupo dijo al malandro que estaban iniciando: ése es el tipo. Si tú no lo matas, te matamos a ti”.

Todas las sospechas
Para Frank Beckles, una de las piezas turbias en torno del homicidio es, precisamente, la mujer que acompañaba a su hijo cuando lo mataron. Hasta donde sus reconstrucciones le permiten visualizar, sabe que la noche del viernes 18 de julio la pareja salió en la camioneta Silverado, modelo 1986, que le dejó a Robert para cumplir con las labores de la finca.

Ambos estuvieron hasta la 1:00 de la mañana en casa de la mujer, cuando, a petición de ésta, salieron a comprar un paquete de cigarros en el Centro Comercial Trébol I. Allí estaba el que iba a ser el victimario.

A8FRANK“Siempre le decíamos que no anduviese por ahí después de las 6:00 o las 7:00 de la noche”, recordó Frank, padre de Robert Beckles

La otra sombra surge porque, luego de visitar al padre de la víctima con un abogado, “como para meterme miedo”, no apareció más. Ni el nombre de ella lo sabe. Lo que conoce fue lo que él mismo vivió cuando recibió la llamada madrugadora de su hermano para avisarle sobre lo ocurrido.

“Yo estaba en Caracas, y desde temprano yo sentía un escalofrío raro. Empecé a llamarlo a él a las 2:00 de la tarde (del viernes 18) y no me contestaba. Sentía algo raro, una cuestión natural, no sé… y mi hermano me llamó a las 2:00 de la mañana y me dice: ‘Mira, ve, tirotearon a Robert… primero lo llevaron a Ferrominera y no lo atendieron porque no era ferrominero y porque no había insumos. Lo remitieron al Uyapar y en el Uyapar lo que hicieron fue ponerle una mascarilla y dijeron: mira, aquí no hay insumos. Lo dejaron ahí como esperando, porque a lo mejor vieron la gravedad de las balas, pero se supone que la ética de los médicos es salvar vidas. Esa es otra cosa: no sé dónde está la ética de los médicos”.

Peor resultó el viaje en avión más largo de su vida en el primer vuelo de Maiquetía a Puerto Ordaz de ese sábado. Y, luego, reconocer al cadáver.

“En el avión sentía impotencia, dolor, decepción, me sentía el hombre más vacío sobre la faz de la tierra, que se fue parte de mi alma, de mi sangre… no tiene, no tiene nombre, no hallo cómo expresar eso. Lo que más me marcó fue que mi hijo quedó de una forma, viéndome… pareciera que reconoció a las personas que lo mataron. Yo quería cerrarle los ojos, pero los preparadores me dijeron que no me preocupara, y al otro día me dijeron que fue bastante duro, y a medida del velorio se le fueron abriendo”, rememora desde la sala de la casa de su mamá, donde Robert pasó su último cumpleaños, el 13 de abril, y donde, tres meses después, lo velaron.

¿Venganza? ¿Odio? No. Prefiere apocar tales sentimientos con la impotencia y, con la tristeza, alimentar las ansias de justicia. Eso es lo que quiere. Entre otras cosas.

“Quisiera preguntarle al asesino de mi hijo qué se siente matar a un inocente y por qué lo hizo. Por amenazas no tengo miedo, pero quiero que me cuiden a mí y a mi familia. Eso puede ayudar a la gente a que pierda el miedo, pero el Estado se agarra del miedo”, concluye.

Detrás de Frank, en la pared y enmarcado, está un afiche de la Inmaculada Concepción con una leyenda: “Oh, virgen Inmaculada, siempre llena de limpia hermosura, guárdanos de todo pecado”. En diagonal está una foto de Robert de niño. En el espacio entre ambas imágenes estuvo la urna con el cadáver cuyos ojos, durante el velorio y de a poco, se abrieron por el rigor mortis: la seña con la que, según su papá, él intentó decir que supo por qué murió. Y quién lo mató.

     
 

Las cifras de la violencia guayanesa

Robert Beckles vivía en Puerto Ordaz porque en ella se sentía más seguro que en Caracas, la ciudad donde nació. Sin embargo, fue en Guayana donde lo asesinaron.

359 homicidios se han registrado en Ciudad Guayana en 2014.

35 en agosto.

39 asesinatos en agosto de 2013.

5 muertes violentas se cometieron entre el 24 y 30 de agosto.

 
     

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